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La obsesión necesaria

Lleonard Muntaner



ML-Foto-Gabriel-RamonMaria Lluïsa Aguiló me ha pedido que le escriba un texto para el catálogo de la exposición retrospectiva en Ses Voltes, promovida por el Ayuntamiento de Palma. ¡A buen santo se ha encomendado! Ni soy crítico de arte, ni estoy al corriente de las tendencias artísticas más actuales –si es que todavía existen. Sería ridículo, por lo tanto, que hablara de su obra desde la ignorancia del impostor que tanto combatió Josep Melià.

Además, Pilar Serra, comisaria de la exposición, en la presentación de este mismo catálogo ha aportado numerosos datos sobre la formación de la artista y la evolución de su obra. No insistiré sobre el tema porque se trata de un trabajo bastante esmerado, hecho en base a una larga entrevista con Maria Lluïsa, donde queda patente la imagen que la pintora quiere dar de sí misma. Maria Lluïsa, sin embargo, consciente de que a veces la realidad no coincide ni con la imagen que tenemos de nosotros mismos ni con la imagen que los otros tienen de nosotros, me ha insistido –atenta como es– en que exprese por escrito mi opinión. Lo hago halagado por la confianza y por la amistad que me une a la persona, procurando que el afecto –otro mal compañero de viaje en estos casos– no acabe estropeando algunas de las apreciaciones que siguen.

Para aproximarse un mínimo a la obra de Aguiló, sin ser exhaustivo, apuntaría tres aspectos que, si no la explican completamente, están muy relacionados: los orígenes familiares, su tarea como docente compaginada con la creación y algunas influencias recibidas.

1. Hace un montón de años que conozco a Maria Lluïsa Aguiló Aguiló. Pertenece a una raigambre de mallorquines, los xuetes, que a lo largo de los últimos cuatro siglos han sufrido las embestidas, primero del antijudaísmo y, muy posteriormente, del antisemitismo. Hemos hablado juntos muchas veces y no me arriesgaría a asegurar cómo y de qué manera esta realidad histórica ha afectado a su persona y, por extensión, a su práctica artística. Más seguro estoy de la influencia que tiene el hecho de pertenecer a una familia de la antigua aristocracia xueta, los llamados xuetes “d’orella alta”, entre los cuales era habitual una educación muy completa que no olvidaba la práctica de las bellas artes, desde el aprendizaje de un instrumento musical hasta las técnicas de la pintura y la escritura. No en balde, el porcentaje de músicos y escritores xuetes, aristócratas o no, es muy considerable, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX: Tomàs Aguiló Cortès, Mariano Aguilucho Carpintero, Tomàs Forteza Cortès, Estanislau de K. Aguilucho, Guillem y Miquel Forteza Pinya... El caso de Maria Lluïsa es necesario situarlo en esta tradición. De hecho, el padrino materno de la artista, Joan Aguiló, fue un destacado esperantista, y su tío Lluís Aguiló de Cáceres es un crítico musical todavía en activo. Esta tradición cultural xueta es producto de un poder económico que nunca corrió paralelo al poder de prestigio que le era connatural. Eran ricos pero no podían mostrar su riqueza sino de puertas para adentro. Por otra parte, esta misma incautación-anulación del poder de prestigio provocó nuevos piques que, sumados al endémico miedo y a la esperanza (una combinatoria nefasta), se canalizarían hacia las disciplinas del espíritu. El arte, como no es lo bastante sabido, tan sólo acude al lugar donde lo necesitan.

2. Otro aspecto que hay que destacar va ligado a su modus vivendi. Una vez acabada la carrera se decantó por la enseñanza pública. La estabilidad económica no sólo le daba seguridad, sino la libertad necesaria para no depender, en la práctica artística, del mercado. Esta actitud es muy propia de un elevado porcentaje de artistas –licenciados en Bellas Artes– de la década de los setenta. Se trataba de una oportunidad profesional que valía la pena, aunque no todo el mundo era de la misma opinión. Respecto de esta cuestión, el pintor Robert Llimós –y, como él, otros– en 1973 declaraba lo siguiente: “Me parece que es posible ser un buen profesional en la pintura trabajando en otra cosa; ahora bien: dudo de su eficacia, porque si trabajas, por ejemplo, dando clase, eso te roba una cantidad de tiempo que necesitas. En realidad, para mí, lo primero es vivir de aquello que haces. No niego al artista que hace cosas y puede ser tan brillante o más que el otro. Creo que el hecho de vender la obra es válido; en realidad siempre implica bajarte un poco los pantalones”.

Maria Lluïsa Aguiló, según explica Pilar Serra, ha dedicado conocimientos y esfuerzos a la enseñanza y, más difícil todavía, ha sido capaz de compaginar mil y un proyectos didácticos con la necesidad de crear una obra propia. Nada de todo eso, sin embargo, habría sido posible sin el apoyo de su marido, el arquitecto Bernadí Seguí Coll, que es su mejor crítico y la persona que siempre la ha animado a llevar adelante su tarea artística. Por eso, Maria Lluïsa da mucha importancia al núcleo familiar. El matrimonio tiene tres hijos, Gabriela, Pau y Pere, que también se dedican al arte. Así pues, su obra, analizada detenidamente y en conjunto, queda sellada por esta libertad de hacer que la artista todavía defiende con uñas y dientes. Tanto es así, que desde su primera exposición individual, “Belvedere” (Palma, 1984), hasta “Mirades Protegides” (Santanyí, 2006) las variaciones de estilos y técnicas se han convertido en una constante: del figurativismo de las exposiciones “Belvedere” (Palma, 1984), “Exposició Homenatge a Maria Callas” (Palma, 1987) y “Visió de dona” (Palma, 1993) pasó a la abstracción de “Buits” (Marratxí, 1995) y “Finestres Imaginàries” (Calvià, 1998). El año 2005 introdujo por primera vez la grafía gestual en sus telas (exposiciones “Harmonia” y “Entrelínies”), para volver un año después a la figuración, esta vez acompañada de una escritura legible (“Mirades Protegides”). Este vaivén sin obstáculo, fruto de la libertad individual, pero también de la perentoria necesidad de ser uno mismo, suele topar con la incomprensión de los espectadores y, más todavía, de los espectadores avezados, los de un sexto sentido. Este vaivén ruidoso altera lo que nosotros (espectadores) esperamos de nuestro propio discurso, casi siempre lineal y levantado sobre un orden “lógico”: primero se ha de aprender a dibujar, después tiene que venir una etapa figurativa y, para cerrar el ciclo, lo abstracto. La mala interpretación de este discurso teóricamente “superado” (el arte no se desarrolla por acumulación de tendencias) sigue dando lugar a críticas confusas que sólo permiten la valoración partiendo de unos determinados cánones.

Del conjunto de la obra de Maria Lluïsa destacaría las pinturas que formaron parte de la exposición “Finestres Imaginàries” (Calvià, 1998). Una muestra basada en el silencio y el recogimiento interior, un bálsamo que, según D. Le Breton, cura la separación con el mundo, la que existe entre uno mismo y los otros, pero también la que la persona sufre dentro de sí misma. Maria Lluïsa nunca ha sido tanto ella misma como en esta muestra: lenta en la elaboración, discreta, meticulosa, ordenada y diestra en el color. Con unos valores indiscutibles de elevado nivel de obsesión por el trabajo, de entusiasmo, al dominar el tema lo traslada, reinterpretándolo, a una nueva etapa.

3. Una parte de su obra, a partir de 1995, se ha inspirado en la filosofía de dos de sus maestros de la Facultad de Bellas Artes de Barcelona: Joan Hernández Pijoan (Barcelona, 1931-2005) y Joaquim Chancho (Tarragona, 1943). Del primero, recogió su preocupación por la ordenación y la distribución del espacio, por el mundo de las ideas desde la perspectiva de la plástica, y descubrió a Kandinski y Klee (de éste último todavía recoge el color y las intromisiones que hizo en las pinturas que aluden a la música y a la poesía, y donde a veces se incluyen palabras o notas musicales). De J. Chancho, se siente en deuda de esta asociación tan especial que consiste en juntar informalismo gestual con geometrismo, de la ocupación de toda la superficie del cuadro y del color rojo. También de la actitud de hacer en cada momento lo que encuentra conveniente sin atender a las demandas del mercado.

Durante una larga temporada se obsesionó con la obra del pintor e impresor judeoamericano Mark Rothko, dedicándole, como ya he dicho, una exposición homenaje en el año 2005. Con respecto al expresionismo abstracto y al minimalismo, sus referentes internacionales pasan por Agnes Martin (1912-2004), de quien valora la dimensión espiritual y la austeridad, y por Mark Tobey (1890-1976), del cual valora el uso de diversas caligrafías chinas, principalmente de la llamada caligrafía herna o escritura loca (escritura movida con la misma parsimonia con que el viento mueve la hierba) y sus composiciones musicales.

En estos precisos instantes (16 horas del 24 de junio de 2009) Maria Lluïsa mueve cielo y tierra para hacerse con toda la documentación posible sobre el artista Friedrich Stowasser, más conocido como Friedensreich Hundertwasser (Viena 1928-Nueva Zelanda 2000), un judío austriaco a quién, antes de hacer los veinte años, informaron del asesinato de todos sus familiares en los campos de exterminación nazis. Su obra a menudo se relaciona con la de Gustav Klimt. Por aquí se amasa la nueva obsesión siempre emergente de Maria Lluïsa Aguiló. Parva saepe scintilla contempta magnum excitavit incendium. Para que no se extinga la llama de este incendio, le ofrezco, para acabar, esta composición oriental de Licius (Lie Zi), que habla de la imposibilidad de no llevar adelante ningún gran proyecto sin la obsesión:

“El duque Bai Sheng, animado en sus proyectos de agitación, despidió a la corte y se quedó de pie apoyado en su bastón invertido. La punta afilada del bastón le penetró la barbilla y la sangre chorreó hasta el techo, sin que él, pasmado, se diera cuenta. Los habitantes de Zheng, al saberlo, comentaron: ‘¿De qué no se olvidará, si ha llegado a olvidarse de su propia cabeza?’

Cuando el pensamiento se concentra en una idea, al andar se tropieza con los árboles y los hoyos, y la cabeza choca con las ramas de los árboles, y todo eso sucede sin que uno se dé cuenta de ello”.

Palma, junio de 2009

Texto para el catálogo de la exposición Maria LluïsaAguiló / Obres 1996-2009
Ses Voltes, Palma, 2009

Fotografía de Gabriel Ramon